jueves, 20 de abril de 2017

Buscar al mundo como solución cuando la Solución es Cristo. P. Steffano Gobbi

El P. Stefano Gobbi fue un sacerdote italiano que durante su vida recibió una gran cantidad de locuciones provenientes de la Virgen. No entro en la veracidad o no, de los mensajes recibidos por el P. Gobbi, ya que la Iglesia no se ha pronunciado a favor ni en contra de ellos. Es cierto que el P. Gobbi tuvo una cercana amistad con el Papa Juan Pablo II y que le tenía en gran estima. El Movimiento Sacerdotal Mariano, fundado por el P. Gobbi, tiene atractivos innegables, como su fidelidad a Cristo y la Virgen María. También dice mucho de este movimiento que no se haya convertido en un movimiento estructural dentro de la Iglesia. Esto propicia que sus integrantes estén menos “protegidos” y pongan la confianza principalmente en la Virgen y no en el poder de prelados presentes en la jerarquía.

Ahora, también es necesario indicar que es necesario ser crítico y discernir bien hasta donde los mensajes proféticos pueden degenerar en mileniarismo y con ello, en una espesa red que condiciona anímicamente la fe. La fe debe ser vivida con esperanza y sin estar esperando el final de los tiempos. Cristo fue especialmente claro en este punto, cuando fue preguntado por “la fecha” del final:

¿Cuándo sucederá eso, y cuál será la señal de tu venida y del fin del mundo? Tened cuidado de que nadie os engañe —les advirtió Jesús—. Vendrán muchos que, usando mi nombre, dirán: “Yo soy el Cristo”, y engañarán a muchos. Oiréis de guerras y de rumores de guerras, pero procurad no alarmaros. Es necesario que eso suceda, pero no será todavía el fin. (Mt 24, 3-8)

Ante la insistencia de los Apóstoles, dejó muy claro que no les iba a revelar el día:

Pero en cuanto al día y la hora, nadie lo sabe, ni siquiera los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre. La venida del Hijo del hombre será como en tiempos de Noé. Porque en los días antes del diluvio comían, bebían y se casaban y daban en casamiento, hasta el día en que Noé entró en el arca; y no supieron nada de lo que sucedería hasta que llegó el diluvio y se los llevó a todos. Así será en la venida del Hijo del hombre. (Mt 24, 36-39)

Entonces, cuidado con las profecías que nos puedan llevar a desear el final de los tiempos. Cuidado si empezamos a hacer caso a más y más videntes que conjeturan, señalan o propician que creamos que saben cuándo sucederá el fin de los tiempos. Nadie lo sabe. Hay que vivir como si cada día fuera el último día, sabiendo que cada día más es un regalo del cielo y una oportunidad para ser fieles a Cristo. Dicho todo esto, me permito citar un pequeño trozo de una de las locuciones del P. Gobbi, ya que nos ayuda a adentrarnos en el momento que vivimos actualmente:

[Habla la Virgen] Mi Corazón Inmaculado está herido, al ver cómo alrededor Suyo, se difunden el vacío y la indiferencia; la rebelión por parte de algunos pobres hijos Míos, obispos, sacerdotes, religiosos y fieles, y la oposición soberbia a su Magisterio. Por eso hoy Mi Iglesia es lacerada por una profunda división, es amenazada por la pérdida de la Verdadera Fe, es invadida por una infidelidad que se hace cada vez mayor. Cuando este Papa haya cumplido la misión que Jesús le ha encomendado y Yo baje del Cielo para acoger su sacrificio, todos seréis envueltos por una densa tiniebla de apostasía que entonces llegará a ser general. Permanecerá fiel solamente aquel pequeño resto que en estos años, acogiendo Mi invitación maternal, se ha dejado encerrar en el Refugio seguro de Mi Corazón Inmaculado. Y será este pequeño resto fiel, que Yo he preparado y formado, quien tendrá la misión de recibir a Cristo que volverá en gloria, iniciando así la nueva era que os espera”. (P. Stefano Gobbi. 13 de Mayo de 1991. Aniversario de la Primera Aparición de Fátima)

Dejemos a un lado las indicaciones temporales que contiene el mensaje que ha trascrito el P. Gobbi. Sólo Dios sabe el día y pretender poner fechas es, como poco, temerario. Fijémonos en la indicación que el P. Gobbi hace del resto fiel. Un resto pequeño, que concuerda con la indicación Joseph Ratzinger en el libro "Informe sobre la fe". La Virgen no se indica que el resto fiel deba hacer nada especial, ni dedicarse a luchar, ni intentar que el designio de Dios no se cumpla por medio de fuerzas humanas, estrategias, marketing o planificación empresarial. La Virgen pide fidelidad y oración para recibir a Cristo cuando retorne a la tierra. Esta "lucha", que no es una "lucha humana", se encuentra reflejada en el Apocalipsis (Revelación). Ahora podemos preguntarnos ¿Qué hacemos promocionando una iglesia activista tipo ONG, mientras que despreciamos la necesidad de oración y profunda confianza en Dios? ¿No estamos andando justo en sentido contrario a lo solicitado por el Señor y Nuestra Madre?

El “humo de satanás”, del que hablaba Pablo VI, tiene gran coincidencia con la “densa tiniebla de apostasía”, que el P. Gobbi reseña. El humo del maligno impide ver y envenena. Genera apostasía y tibieza en la fe. Nos hace creer que la solución es el mundo, cuando la única solución es Cristo. El humo maligno nos separa, nos divide, nos debilita. Asfixia la fe, que parece que pierde todo sentido trascendente. Nos lleva a preferir crear alianzas que cimienten el poder temporal y a despreciar la verdadera unidad interna de la Iglesia.

En este sentido es interesante hablar sobre la soledad del creyente fiel. Una soledad de la que tenemos que ser conscientes y aprender a vivir con ella. La trataremos en el siguiente artículo. 

jueves, 13 de abril de 2017

Una Iglesia pequeña, un resto fiel. Card. Ratzinger

Volvamos a un texto de una entrevista al entonces Teólogo Joseph Ratzinger (Informe sobre la fe, 1968), donde habla del futuro de la Iglesia, una Iglesia pequeña y desprovista de poder:

La Iglesia se hará pequeña, tendrá que empezar todo desde el principio. Ya no podrá llenar muchos de los edificios construidos en una coyuntura más favorable. Perderá adeptos, y con ellos muchos de sus privilegios en la sociedad. Se presentará, de un modo mucho más intenso que hasta ahora, como la comunidad de la libre voluntad, a la que sólo se puede acceder a través de una decisión.

La Iglesia es cada vez más pequeña e irrelevante dentro de los países occidentales. Sólo tiene alguna pujanza en África y en determinados países de Asia. En occidente la fe se ha diluido en la sociedad líquida, reduciéndose a grupos socio-culturales muy en línea con una fe ligera, adaptada y desacralizada. En resumen, caminamos hacia una iglesia católica que se siente muy cómoda dentro del mundo y que se centrará en ser una ONG con “valores”. Valores que incluyen la integración de, al menos, luteranos y anglicanos, para que la unidad aparente nos permita promocionar nuestras actividades solidarias. Esta iglesia postrada ante el mundo encaja con las profecías que la Virgen ha ido mostrando en muchos lugares del mundo.

Para muchos relevantes teólogos y prelados, las diferencias en la fe entre los cristianos han dejado de tener sentido. La sociedad líquida en que vivimos da importancia a la apariencia y desprecia lo sustancial. Desde lo más alto de la jerarquía católica se promueve el intercambio de celebraciones entre católicos, luteranos y anglicanos, indicando que esto es una riqueza. Riqueza aparente, que intenta tapar el vacío profundo que se va abriendo paso en el interior de la Iglesia Católica. Se van dando pasos hacia la intercomunión entre católicos, luteranos y anglicanos, ya que la fe se postula como algo personal que no debe llevar a alejarnos unos de otros. Aparentemente esto podría verse como un logro ecuménico, pero no lo es. Es tan sólo una rendición ante los templos vacíos y la ausencia de vocaciones sacerdotales y religiosas. El vacío se oculta mediante la unidad aparente.

Pero todo esto tiene consecuencias. El creyente vive tiempos de soledad. Las comunidades católicas se han ido convirtiendo en guetos o en páramos desiertos. Los nuevos movimientos ofrecen consistencia en la fe, pero la entienden como un factor pertenencia estricta y en línea con el fundador de la corriente eclesial. Por otra parte, las comunidades parroquiales son cada vez más un páramo volcado en actividades socio-culturales y solidarias. El Espíritu Santo parece que ha dejado de soplar en ellas debido a las incertidumbres provocadas por el enemigo y el humo maligno que nos nubla el corazón

Hay que ser conscientes que hay pocos sacerdotes y estos están dedicados a todo tipo de actividades periféricas. La fe se da por supuesta y se prefiere no entrar en ella para no generar roces que nos separen aún más. La consigna es callar sobre lo fundamental para poder colaborar en lo circunstancial. El modelo de iglesia plural es todo un éxito. Un éxito porque nos quita de encima la necesidad de vivir unidos por misma fe y cimentarla con oración y conocimiento. La pluralidad nos ofrece la oportunidad de proclamar que “aquí cabemos todos”, pero sólo entran los que acepten que este es el modelo. El que discrepe del modelo plural, se excluye/aleja porque genera tensiones y discordias. Se le llama fundamentalista o rigorista y se termina por considerar un corrupto que no merece ni la Gracia de Dios. 

La Iglesia está llamada a ser pequeña, un resto, una pequeña cantidad de creyentes que vivan su fe a partir la profunda fidelidad a Cristo, la Tradición y la Iglesia. Entiéndase como Iglesia a los convocados por Cristo que acuden al Banquete adecuadamente. Estos pequeños reductos de fe se irán concretando en cada sitio y lugar. Habrá personas unidas físicamente, porque puedan verse de vez en cuando. Las personas vivan lejos entre sí, tendrán que vivir su fe por medio de un vínculo virtual y la Comunión de los Santos. Con humildad y llenos de esperanza, encontrando en la Verdad el vínculo que nos una más allá de los kilómetros físicos que nos separen.

jueves, 6 de abril de 2017

El humo de satanás ha penetrado en la Iglesia. Pablo VI

Fue en la solemnidad de San Pedro y San Pablo de 1972, cuando Pablo VI pronunció una frase que, desde entonces, ha venido generando ecos en nuestro ánimo y entendimiento. Para entonces Pablo VI había pasado nueve años largos y complicados gobernando la Iglesia. Los dos primeros años inmerso en el Concilio Vaticano II y los siete restantes, apoyándose en el Concilio para conducir al Pueblo de Dios en un tiempo lleno de incertidumbres y optimismos poco racionales.  En ese tiempo se dió cuenta de que no se cumplían las expectativas optimistas del postconcilio. La sociedad se oponía al Concilio de recreándolo según un entendimiento ajeno al mismo. Aquella recreación se llamó el "espíritu del concilio". Un espíritu que no era de luz, sino de confusión y tinieblas. Pablo VI señaló al humo de satanás y a su penetración en la Iglesia por medio de "una grieta". Benedicto XVI intentó detener al espíritu del concilio con lo que llamó "hermenéutica de la continuidad". Como es lógico, esta hermenéutica fue rechazada e ignorada por la inmensa mayoría de prelados y sacerdotes. En la actualidad la propuesta de buscar la continuidad ha quedado olvidada y enterrada. Leamos las palabras de Pablo VI con tranquilidad, porque hablan de su vivencia directa como pastor universal:

Ciertas corrientes sociológicas de hoy tienden a estudiar a la humanidad, mientras que prescinden de ese contacto con Dios. Por el contrario, la sociología de San Pedro y la sociología de la Iglesia estudian a los hombres señalando precisamente este aspecto sagrado de la conversación con lo inefable – con Dios, con el mundo divino. Se diría que a través de alguna grieta ha entrado, el humo de Satanás en el templo de Dios. Hay dudas, incertidumbre, problemática, inquietud, insatisfacción, confrontación. Ya no se confía en la Iglesia, se confía más en el primer profeta profano —que nos viene a hablar desde algún periódico o desde algún movimiento social— para seguirle y preguntarle si tiene la fórmula de la verdadera vida; y, por el contrario, no nos damos cuenta de que nosotros ya somos dueños y maestros de ella. Ha entrado la duda en nuestras conciencias y ha entrado a través de ventanas que debían estar abiertas a la luz: la ciencia.

También en nosotros, los de la Iglesia, reina este estado de incertidumbre. Se creía que después del Concilio vendría un día de sol para la historia de la Iglesia. Por el contrario, ha venido un día de nubes, de tempestad, de oscuridad, de búsqueda, de incertidumbre y se siente fatiga en dar la alegría de la fe. Predicamos el ecumenismo y nos alejamos cada vez más de los otros. Procuramos excavar abismos en vez de colmarlos.

¿Cómo ha ocurrido todo esto? Nos, os confiaremos nuestro pensamiento: ha habido un poder, un poder adverso. Digamos su nombre: él Demonio. Este misterioso ser que está en la propia carta de San Pedro —que estamos comentando— y al que se hace alusión tantas y cuantas veces en el Evangelio —en los labios de Cristo— vuelve la mención de este enemigo del hombre. Creemos en algo preternatural venido al mundo precisamente para perturbar, para sofocar los frutos del Concilio ecuménico y para impedir que la Iglesia prorrumpiera en el himno de júbilo por tener de nuevo plena conciencia de sí misma.

Las palabras de Pablo VI son  clarificadoras:
  1.  Habla de "un poder adverso”, “el demonio”, que ha entrado en la Iglesia por una “grieta”. Pablo VI señala con firmeza que “Creemos en algo preternatural venido al mundo precisamente para perturbar, para sofocar los frutos del Concilio”.
  2. La Iglesia vive en un “estado de incertidumbre” que se evidencia como “un día de nubes, de tempestad, de oscuridad, de búsqueda, de incertidumbre y se siente fatiga en dar la alegría de la fe”.
El optimismo del postconcilio no nos ha llevado a una situación mejor que la anterior. En muchos aspectos, estamos peor que antes. Tal como Pablo VI indica, el “ecumenismo” nos aleja en vez de acercarnos. Ninguna de las afirmaciones del Papa son para tomarlas a broma ni para olvidarlas en un cajón cerrado. La situación de la Iglesia no ha parado de degradarse desde entonces, lo que demuestra que el humo del enemigo se sigue extendiendo y provocando ceguera y desesperación. La pregunta que nos podemos hacer es precisamente ¿Qué hacer? Pero ¿Realmente se trata de hacer algo o más bien de vivir la Voluntad de Dios en toda su extensión?

Hay una esperanza que no podemos perder de vista, la promesa de Cristo: “Sobre esta roca edificare mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mt 16, 18). En el Apocalipsis podemos ver el triunfo de Cristo sobre los poderes del mundo. Existen muchas profecías que hablan de lo mismo, entre ellas algunas muy actuales, como las de Fátima y La Sallete. Ante estas profecías de la Virgen, la Iglesia no ha hecho más que encogerse de hombros, como si las palabras de Nuestra Señora no tuvieran relevancia ni trascendencia en el día a día eclesial. En todo caso, se ven como curiosidades o excentricidades de los videntes.


En el siglo XX hemos tenido a santos maravillosos como el Santo Padre Pío. Santos que deberían servirnos de modelo para no desesperar. El Padre Pío conocía la deriva eclesial y estaba al tanto de los mensajes que la fue la Virgen fue dejando en diversos lugares. Mensajes que recibía gente sencilla y humilde, no grandes políticos o poderosos prelados. La Virgen no pide activismo ni cruzadas que destronen al príncipe del mundo sino oración y consagración. Destronar al príncipe del mundo es tarea de Cristo no de nosotros. La Virgen no se cansa de pedirnos oración y confianza, que se integran a la perfección en la consagración de cada uno de nosotros. Nos pide esperanza para cerrar todas aquellas fuentes de humo maligno que nos afligen desde hace décadas. Ahora sólo cabe una pregunta ¿A qué esperamos?

jueves, 30 de marzo de 2017

Una especie de Luz. San Agustín

¿Qué es lo que amo, cuando amo a Dios?

No una belleza corpórea, ni una armonía temporal, ni el brillo de la luz, tan apreciada por estos ojos míos; ni las dulces melodías y variaciones tonales del canto ni la fragancia de las flores, de los ungüentos y de los aromas, ni el maná ni la miel, ni los miembros atrayentes a los abrazos de la carne.

Nada de esto amo cuando amo a mi Dios.

Y, sin embargo, amo una especie de luz y una especie de voz, y una especie de olor, y una especie de comida, y una especie de abrazo cuando amo a mi Dios, que es luz, voz, fragancia, comida y abrazo de mi hombre interior. Aquí resplandece ante mi alma una luz que no está circunscrita por el espacio; resuena lo que no arrastra consigo el tiempo; exhala sus perfumes lo que no se lleva el viento; se saborea lo que la voracidad no desgasta; queda profundamente inserto lo que la saciedad no puede extirpar. (San Agustín, las Confesiones)

Amar a Dios es amar eso que está, pero no se ve con los ojos del cuerpo. Es amar eso que se siente más allá de los sentidos humanos. Es amar aquello que actúa en todos y todo, pero que estás más allá de la voluntad humana. Amar a Dios es amar el sentido, la Verdad, el Camino y la Vida. Amar a Dios es dejarse encontrar por el Señor en cada instante de nuestra vida. Amar a Dios es buscar las pisadas de Cristo, para que nuestro siguiente paso coincida justamente con su huella. Amar a Dios es olvidarnos de nosotros mismos, para donarse totalmente a Quien es sentido de todo nuestro ser. Amar a Dios es dejarse morir en Él y así vivir verdaderamente esta vida.

jueves, 23 de marzo de 2017

La señal de la cruz. Persignarse

Persignarse significa hacer el signo de la cruz sobre nosotros. Un signo debe tener significado para que el signo sea algo más que una apariencia o un acto casi mágico. Cuando nos persignamos estamos escribiendo la cruz en nosotros. La cruz que cada cual lleva consigo es el dolor humano que todos portamos a lo largo de nuestra vida. Dolor que puede ser profundo y lacerante, pero si lo unimos al dolor de Cristo en la Cruz, no debería hacernos sufrir. Él cargó con nuestras culpas y las ofreció para que vivamos en plenitud.

Cuando trazamos la cruz sobre nosotros, ofrecemos nuestra cruz a Cristo, uniéndonos en oración de ofrecimiento, por medio de la Comunión de los Santos. Nuestro dolor cobra sentido en Cristo, por eso no persignamos y al hacerlo, nos hacemos símbolos de Cristo sobre la tierra. 

Al trazar la cruz sobre mi, uno mi vida a la Cruz en la que la redención tuvo lugar, esperando que Cristo transforme la oscuridad y las sombras, en luz radiante. Al trazar la cruz sobre mi, uno mi vida a la Voluntad de Dios, para que no sea yo quien imponga mi voluntad. Al trazar la cruz sobre mi, me uno a Cristo en su pasión, esperando la resurrección prometida por el Señor.

jueves, 16 de marzo de 2017

Orar en todo momento. Que vuestra vida sea oración

Orar en todo momento es tanto como decir, que nuestra vida sea oración. Que todo instante que vivamos, todo latido del corazón, toda circunstancia, sea presentada ante Dios de forma humilde y esperanzada.

Y yo os digo: Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. (Lc 11, 9-10)

Orar es comunicarnos con Dios y esta comunicación puede ser mediante palabras, sentimiento y acciones. Todo lo que somos, debería se oración constante a Dios. Cada vez que actuamos con virtud, la caridad de nuestras acciones es oración a Dios. Cada vez que sintamos con esperanza, nuestro sentimiento es oración a Dios. Cada vez que haya Verdad en nuestra boca, estamos orando con fe a Dios. Nuestra vida, al completo, es una oración que busca llegar a Dios y unirnos a Él.

Aunque las distracciones sean muchas y nos golpeen constantemente la cara, Dios debería estar presente al menos en intención y confianza. Dentro, en nuestro corazón, en nuestro ser, en nuestro Templo Interior, oraremos ofreciendo cada instante al Señor, para que llene de su Espíritu todo lo que salga de nosotros y todo lo que quede dentro. Bien sabemos que el ser humano no ha sido creado para el Sábado, pero el Sábado ha sido creado para nosotros. El Sábado simboliza la consagración a Dios en cada instante. Por eso es importante que la oración sea mucho más que una salmodia repetitiva y superficial. Nuestro ser debe estar en cada palabra, sentimiento y acción que ofrezcamos a Dios.

Al levantarnos, ofrecer todo lo que va a acontecer en ese día y pedir por quienes ya no verán un nuevo día. Al comer, dar gracias a Dios por los alimentos y pedir por todos aquellos que les falta el alimento. Al saludar a toda persona, ofrecer ese momento a Dios para que se haga presente y nos transforme. La despedirnos, hacer que ese "adiós" sea realmente una plegaria al Señor y no una simple palabra que soltamos sin darnos cuenta. Cuando nos encontramos un problema, bendecir al Señor por darnos una oportunidad de transformar la realidad en su Reino. Cuando sentimos que se nos rechaza e insulta, ofrecer ese momento por todos los cristianos que son perseguidos y maltratados. Cuando nos acostemos, dar gracias a Dios por el día y ofrecerle nuestro sueño para que Él siga siendo nuestro dueño durante este tiempo reparador.

Orar sin parar y sin dejar de tener a Dios presente con nosotros.

jueves, 9 de marzo de 2017

Cristo es la única Estructura para el cristiano



Para decirlo en pocas palabras: los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo. El alma, en efecto, se halla esparcida por todos los miembros del cuerpo; así también los cristianos se encuentran dispersos por todas las ciudades del mundo. El alma habita en el cuerpo, pero no procede del cuerpo; los cristianos viven en el mundo, pero no son del mundo. (Carta a Diogneto)


Los cristianos no somos de este mundo, no somos sociedad, aunque estemos inmensos en ella. No participamos de las estructuras del mundo, porque nuestra única estructura es Cristo. Formamos parte de la Iglesia, entendida como la unidad de aquellos que adoran a Dios en Espíritu y Verdad. Para nosotros la Tradición no cambia porque es Revelación de Dios, pero la Tradición se hace vida en nuestra vida en todo lo que hacemos. Cristo es la Piedra Angular que sostiene con su peso el arco de la Salvación. Esta Piedra es rechazada porque no se deja adaptar a las circunstancias y gustos.

Actualmente nos encontramos en medio de la lucha de dos extremos: uno que absolutiza las formas antiguas. Otro que relativiza todo y a todos, para generar formas más agradables y adaptadas al mundo. Ambos ponen el énfasis en las apariencias, las formas y se olvidan del Espíritu y de la Verdad. Ambos bandos buscan exterminar al contrario utilizando las más diversas estrategias. Ninguno es capaz de negarse a sí mismo, para dejar que sea Cristo el que prevalezca. Todos quieren poder, dominio y satisfacciones personales. La lucha del cristiano no contra otros hermanos, sino contra el afán de dominio que lleva imponernos estructuras eclesiales que no son Cristo.


Porque nuestra lucha no es contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los poderes de este mundo de tinieblas, contra las huestes espirituales de maldad en las regiones celestiales. (Ef 6, 12)


Los cristianos estamos dispersos, no es fácil que no reunamos en un mismo momento y lugar, porque somos pocos. Somos el resto fiel que asiste al banquete al que fueron llamados muchos. Somos quienes asistimos al banquete revestidos de humildad y sencillez. Hoy en día es más fácil encontrarse gracias a los medios de comunicación que nos acercan, aunque estemos a miles de Km de distancia. Pero aún así, somos pocos, dispersos y en continua lucha. Lucha para permanecer fieles a Cristo, en medio de la guerra de apariencias que acontece alrededor de nosotros.

 ¿Qué puede hacer un cristiano en medio de la actual guerra eclesial? Orar en silencio y lleno de esperanza. Es triste ver cómo se caen las Torres de Babel que tanto esfuerzo ha costado construir. Es triste ver cuantos hermanos quedan destrozados espíritualmente por este derrumbe. Es triste ver que, mientras todo se derrumba, hay quienes intentar construir nuevas Torres de Babel con los restos caídos de las anteriores. No nos dejemos engañar, sólo Cristo es la Piedra Angular que sostiene el arco del Templo del corazón. El Templo donde la Estrella Interior brilla para guiarnos y dar luz a los demás.

Es importante orar con fe, esperanza y caridad. Encarnar en nosotros la Tradición para quienes no vean puedan darse cuenta que sólo Cristo tiene Palabras de Vida Eterna. Dejar que el Espíritu Santo nos transforme en símbolos vivos de Cristo, para que Él esté presente en medio de nosotros cada vez que nos reunamos en Su Nombre.
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