jueves, 23 de febrero de 2017

¿Cisma? ¿Qué Cisma? Ejemplo real (II)

En una sociedad a la que todo le da igual, mientras la alimenten con pan y circo, las etiquetas son parte del show de los medios. Los medios son los motores del fluido social que nos rodea. Con el cisma, algunos medios de comunicación ganarán mucho dinero, lo que presenta una oportunidad que no dejarán pasar. Lo promocionarán o lo combatirán, según saquen más beneficios. Algunas personas también verán oportunidades en la tormenta mediática y utilizarán la situación para conseguir notoriedad social, relevancia, capacidad de influencia. Los apologetas ideológicos de uno y otro signo intentarán crear o profundizar en los prejuicios que más les convienen. Los fieles, que no estén desconectados ya, se cansarán pronto del circo y se alejarán un poco más de una Iglesia que se percibe como otra tribu urbana entre la infinidad de las que existen.
Sobre la liquidez eclesial podemos leer unas declaraciones de Mons. Coccopalmerio en la presentación de su libro sobre Amoris Laetitia. Habla sobre el acceso a la Eucaristía y a quienes debe estar vedado el sacramento. No tienen desperdicio:

Pero, ¿a quién no puede la Iglesia admitir de ninguna manera («sería una latente contradicción») conceder los sacramentos? Coccopalmerio responde: al fiel que, «sabiendo que está en pecado grave y pudiendo cambiar, no tuviere ninguna sincera intención para llevar a cabo tal propósito». Es lo que afirma «Amoris laetitia»: «Obviamente, si alguien ostenta un pecado objetivo como si fuese parte del ideal cristiano, o quiere imponer algo diferente a lo que enseña la Iglesia, no puede pretender dar catequesis o predicar, y en ese sentido hay algo que lo separa de la comunidad. Necesita volver a escuchar el anuncio del Evangelio y la invitación a la conversión…».

En estas declaraciones podemos ver que:


La apariencia está sobre el ser. Lo que resulta importante es ostentar, evidenciar o intentar imponer a los demás algo que no se ajuste a lo que enseña la Iglesia. Si la Iglesia enseña cosas contradictorias, como de hecho lo hace según el documento al que nos refiramos, lo sustancial es “no intentar imponer” a los demás esa visión particular. Es decir, su cojo el Evangelio en el que se indica claramente que el adulterio es un pecado muy grave e intento que los demás comprendan que hay que atender a lo que dice Cristo, antes que lo que se interprete de documentos poco clarificadores, no debería comulgar. “Algo me separa de la comunidad” que acepta que los sacramentos son signos socio-culturales y desconoce toda sacralidad y trascendencia. Debo volver a escuchar el Evangelio, pero cuál evangelio y la invitación a la conversión, pero ¿A qué me tengo que convertir?

Sin duda algunos empezamos a pensarnos si es conveniente, o no, evidenciar una unidad que no es real y consistente. Si nos atrevemos a hacerlo público, dejaremos de tener el acceso a al Eucaristía, ya que hemos pecado de señalamiento del rey desnudo y dar razones de ello. Seríamos excomulgados aparentes, porque en esencia seguimos fieles a la Iglesia de Cristo. Por desgracia hay quienes insinúan que se nos puede considerar como "corruptos" o "corruptores" y aplicando el nuevo magisterio, dejaríamos de tener opciones de salvación. Estaríamos condenados directamente y sin posible remisión. Quien sabe a dónde nos llevará toda esta locura. Sólo Dios lo sabe y Él tenemos que orar con esperanza.

jueves, 16 de febrero de 2017

¿Cisma? ¿Qué Cisma? Planteamiento (I)

Cada día es más habitual escuchar a personas que hablan de cisma dentro de la Iglesia. Cisma (proveniente del griego schisma, separación, división) es la ruptura de la unidad y unión eclesiásticas. De hecho, desde hace décadas existen una inmensa cantidad de cismas dentro de la Iglesia, pero al no ser reconocidos como tales, quedan a nivel de cisma formal. Es decir, existe una ruptura que nos impide vivir unidos la misma fe y trabajar unidos.

Aunque la situación eclesial es muy preocupante, no creo en que lleguemos a un cisma real, porque a nadie le interesa generar una ruptura real y además, la estructura social/eclesial es muy diferente a la que existía hace siglos. Ya no tenemos una fe y una Iglesia sólida, coherente y consistente. La fe y la Iglesia actual es vivo reflejo de la sociedad en que nos movemos y a la que pertenecemos. Si nos damos cuenta, la Iglesia está compuesta por las mismas personas que vivimos en la sociedad actual. Vivimos en una sociedad líquida, por lo tanto la Iglesia se convierte en un apéndice socio/cultural de la misma sociedad.

¿Se puede romper un líquido? Evidentemente no es posible. En todo caso se puede separar, pero para ello hacen falta recipientes diferentes sin conexión alguna entre ellos. Nuestra sociedad, aparte de líquida, es global. Llega a todas partes e impregna la vida de todos los que estamos unidos por los medios de comunicación. Otra cosa es que un grupo de persona se separe totalmente de la sociedad y viva aislado de ella. Por ello no es sencillo generar un cisma en la sociedad en la que vivimos.

Antes, cuando un pastor se separaba de Roma, todos sus sacerdotes y fieles iban detrás, aunque no se hubieran enterado de nada. Cuando la sociedad y la Iglesia eran sólidas, se podían padecer rupturas y separaciones reales. Eso pasó con la Iglesia de Inglaterra cuando Enrique VIII se separó de Roma. El mismo hecho de que el rey asumiera la cabeza de la Iglesia inglesa, produjo un cisma.
Actualmente la sociedad y la Iglesia son líquidas y eso cambia muchas cosas. Plantear un cisma real puede quedar en una tremenda tormenta mediática y poco más. Si Roma ignora el planteamiento separador o dice que al como “¿quién soy para juzgar?”, encogiéndose de hombros, todo seguirá igual, como si nada hubiera pasado. De hecho es lo que viene pasando con frecuencia. Pensemos en el movimiento de curas austriacos y las consecuencias reales que ha tenido su rebeldía. Nada de nada. Seguramente me equivoque, pero soy muy escéptico con las consecuencias de un Cisma real, por muy consecuente y coherente que sea.

"Ser católico" ya no representa un entendimiento coherente y una fe sólida. La sociedad ya no comprende esos conceptos y categorías, porque su modelo es “fluir”, adaptarse. Se católico es una marca, una etiqueta que cualquiera se pone encima por estética socio/cultural. Es cierto que te puedes poner duro e indicar que la etiqueta no se ajusta a la realidad. Puedes llenar 20 libros de razones y hablar durante horas de ello ante los medios. En la postmodernidad las razones no tienen valor alguno. Lo que manda y ordena la sociedad es qué nos sentimos. Si te sientes árbol, todos aceptamos que eres un árbol. ¿Quiénes somos para juzgar? Eres árbol y punto. Te regaré mañana. Si pasas de dar razones a señalar incoherencias te rechazarán porque destrozas la panacea postmoderna. La panacea de la unidad del vacío, la armonía del silencio, la tolerancia de la lejanía mutua, la misericordia que es complicidad y la fe como herramienta social. Serás un rigorista, un “cara de pepinillo en vinagre”, una inadaptado socio/espiritual, un fariseo, pero nadie hará nada contra ti. En el fondo comprenden que te pones la etiqueta de “rigorista” y “disfrutas” haciendo evidente lo que sientes que eres. Eres molesto, pero se te tolerará. Perteneces a  tribu urbana peculiar dentro del fluido social donde nos movemos.


¿Eres cismático? Te preguntarán y como decía Jack Lemmon, en Con Faldas y a lo Loco, te responderán encogiéndose de hombros: "nadie es perfecto". Te insultarán por ser tan poco "tolerante, misericordioso y sociable" pero te dejarán vivir como quieras. ¿A quién le importa que unos u otros se pongan etiquetas entre sí o se pongan a sí mismos la que más les guste? Las etiquetas de "cismático" o la de "testigo del evangelio" o incluso la de "santo" han dejado de tener sentido. La postmodernidad hace que las etiquetas sean sólo apariencias emotivistas y socializadoras. Son formas de reconocerse y reconocer a los demás en un momento dado. Ya nadie desea etiquetarse para toda la vida, porque nos parece que perdemos libertad al hacerlo. 

jueves, 9 de febrero de 2017

El templo interior (II). Cuando lo externo no quiere hablarnos de Dios

Actualmente no resulta especialmente fácil vivir una fe tradicional y profunda. Las comunidades se van convirtiendo en espacios de confrontación de formas de entender, sentir y vivir la fe. Desconfiamos unos de otros y nos etiquetamos con todo tipo de calificativos denigrantes.

Los templos son cada vez más funcionales y asépticos. Parecen salas multifuncion que sirven para cualquier actividad comunitaria. No tienen signos ni símbolos sagrados, ya que nos resultan incomprensibles y los despreciamos.

Las celebraciones litúrgicas han ido cambiando su centro hacia la celebración de la comunidad, olvidando el sentido sagrado de la Liturgia. Hay tantas Liturgias como comunidades creativas y plurales. La fe se adapta a cada uno de las realidades en las que cada cual vive. 

La conciencia personal está por encima del sacramento y de la Revelación de Dios, como podemos ver en la forma de llevar a la realidad la transformación eclesial operada a través de la Exhortación Apostólica "Amoris Laetitia". Si hablas de discernir, te cierran la boca clavando "no juzgues" para que no te atrevas a descubrir el simulacro. Vivimos las consecuencias de la postmodernidad, que nos come por lo piés. ¿Cómo podemos responder a ello?

Tenemos tres orientaciones importantes que considerar:
  1. Vivir el espacio sagrado en el Templo interior que llevamos cada uno de nosotros en nuestro interior. La Estrella Interior, la Luz de Cristo, habita en este espacio y en él podemos adorar al Señor en Espíritu y Verdad, como Cristo mismo indicó a la Samaritana.
  2. Vivir el tiempo sagrado en cada acto que realizamos. La Liturgia nos abre a la dimensión cósmica de la fe, como Benedicto XVI nos indicó. Vivir desde Cristo y a través de Cristo es posible si dejamos que el Espíritu Santo obre el milagro de la santidad en nosotros. Cada entendimiento, sentimiento o acción, debe ser una oración al Señor, que nos pide que no dejemos de orar nunca.
  3. Vivir la comunidad por medio de la Comunión de los Santos, que nos une y reúne aunque vivamos a 100000 km de distancia unos de otros. La comunidad donde es posible vivir la fe no siempre es la que encontramos cuando vamos a misa, ni la que intentamos ayudar en lo que podemos y se deja ayudar.

Estas tres orientaciones se pueden complementar con una comprensión más profunda del sentido de nuestra vida y del camino de la santidad. Si el mundo ha penetrado en la Iglesia y la ha contagiado de complicidad mundana, nosotros podemos hacer vida real lo que nos dice la Carta a Diogneto:

Para decirlo con brevedad, lo que es el alma en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo. El alma está esparcida por todos los miembros del cuerpo, y los cristianos lo están por todas las ciudades del mundo. El alma habita ciertamente en el cuerpo, pero no es es del cuerpo, y los cristianos habitan también en el mundo, pero no son del mundo. El alma invisible está en la prisión del cuerpo visible, y los cristianos son conocidos como hombres que viven en el mundo, pero su religión permanece invisible. La carne aborrece y hace la guerra al alma, aun cuando ningún mal ha recibido de ella, sólo porque le impide entregarse a los placeres; y el mundo aborrece a los cristianos sin haber recibido mal alguno de ellos, sólo porque renuncian a los placeres. El alma ama a la carne y a los miembros que la odian, y los cristianos aman también a los que les odian. El alma está aprisionada en el cuerpo, pero es la que mantiene la cohesión del cuerpo; y los cristianos están detenidos en el mundo como en un prisión, pero son los que mantienen la cohesión del mundo. El alma inmortal habita en una tienda mortal, y los cristianos tienen su alojamiento en lo corruptible mientras esperan la inmortalidad en los cielos. El alma se mejora con los malos tratos en comidas y bebidas, y los cristianos, castigados de muerte todos los días, no hacen sino aumentar: tal es la responsabilidad que Dios les ha señalado, de la que no sería licito para ellos desertar.

Porque, lo que ellos tienen por tradición no es invención humana: si se tratara de una teoría de mortales, no valdría la pena una observancia tan exacta. No es la administración de misterios humanos lo que se les ha confiado. Por el contrario, el que es verdaderamente omnipotente, creador de todas las cosas y Dios invisible, él mismo hizo venir de los cielos su Verdad y su Palabra santa e incomprensible, haciéndola morar entre los hombres y estableciéndola sólidamente en sus corazones.

No desesperemos si el mundo parece conquistar la Iglesia, porque es imposible. Pueden conquistar las formas, nombres, apariencias y reclamarse católicos como quien reclama ser de cualquier equipo de fútbol. Las etiquetas se ponen y se quitan con facilidad, porque sólo son apariencia. El ser católico no necesita etiquetas, porque se hace evidente sin tener que reclamar socialmente se considerado como tal. Sin duda la Iglesia subsiste y subsistirá a cualquier ataque del maligno, porque el diablo no puede transformar el ser. Tan sólo puede confundirnos con apariencias y mentiras. Depende de nosotros no escuchar sus cantos de sirena y centrarnos en lo esencial: Cristo, el Logos, Camino, Verdad y Vida.

El Templo Interior es el refugio de quien se ve despojado de un espacio externo donde celebrar los Misterios. La vida cotidiana, es la Liturgia de quien no puede vivir con profundidad los Misterios en las celebraciones. La Comunión de los Santo, nos entrelaza aunque no estemos suficientemente cercanos unos a otros. Es como ser un ermitaño en mitad del mundo, tal como la Carta a Diogneto nos relata. Tengamos esperanza. En el Templo interior, brilla la Luz de Cristo, doblemos nuestras rodillas y adorémosle.



martes, 24 de enero de 2017

¿A qué unidad aspiramos? Del teólogo Ratzinger a Benedicto XVI


Sigo reflexionando sobra la unidad que tanto necesitamos y que por desgracia, no está cerca todavía. Estos días se puede encontrar en la red una foto de Benedicto XVI unida a un fragmento de un texto del teólogo Joseph Ratzinger, nada más terminado el Concilio Vaticano II. Este es el texto:

… la Iglesia Católica no tiene derecho a absorber a las otras Iglesias. La Iglesia aún no ha preparado un lugar adecuado para ellos, que es a lo que legítimamente tienen derecho.

El texto proviene del libro: “Theological Highlights of Vatican II” publicado en plena euforia postconciliar (1966), por lo que debe ser tratado con cierto cuidado. No es adecuado indicar que está escrito por el Papa Benedicto XVI, sino por el teólogo Ratzinger en un momento muy determinado de la historia de la Iglesia. Para contextualizar su contenido hay que indicar que el teólogo Ratzinger habla sobre una propuesta de unidad elaborada por el Edmund Schlink, profesor de la universidad de Heidelberg, en un artículo de prensa. A continuación tienen una referencia más amplia de lo que se puede leer en el libro antes indicado:

Estas consideraciones pueden abrir la manera de responder a la pregunta planteada por el profesor Schlink. ¿El ecumenismo católico no equivale en última instancia a la absorción de las otras Iglesias? ¿No es por lo tanto la Contra-Reforma en una forma diferente? Mientras la unidad se identificara con uniformidad, el objetivo católico no podía dejar de parecer a los cristianos no católicos como una absorción completa en la forma actual de la Iglesia. El reconocimiento de una pluralidad de Iglesias dentro de la Iglesia implica dos líneas de cambio:

(A) El católico tiene que reconocer que su propia Iglesia aún no está preparada para aceptar el fenómeno de la multiplicidad en la unidad; debe orientarse hacia esta realidad. También debe reconocer la necesidad de una renovación católica completa (traducción del editor: revolución), algo que no se puede lograr en un día. Esto requiere un proceso de apertura, que lleva tiempo. Mientras tanto, la Iglesia Católica no tiene derecho a absorber a las otras Iglesias. La Iglesia aún no ha preparado un lugar adecuado para ellos, que es a lo que legítimamente tienen derecho.

(B) Una unidad básica - de iglesias que siguen siendo iglesia, pero que se convierten en una Iglesia - debe reemplazar la idea de conversión, aunque la conversión conserva su significado para aquellos en conciencia estén  motivados a buscarla. (Pr. Joseph Ratzinger, “Theological Highlights of Vatican II” Paulist Press, New York, 1966 p. 61)

En este texto podemos darnos cuenta de la sensación de euforia postconciliar por la forma en que el Profesor Ratzinger señala el problema y cómo se atreve a sugerir el camino de solución. Para el entonces profesor de teología el problema lo tenía la Iglesia Católica, que debía de transformarse según la típica hermenéutica rupturista postconciliar. Esta hermenéutica, alineada con el “espíritu del concilio”, se va a enfrentar con la defensa de la continuidad que el posterior Papa Benedicto XVI promociona como el enfoque correcto para comprender el Concilio Vaticano II. El lector puede fijarse también en el posicionamiento ante el Misterio de la conversión. De hecho deja a la conversión como algo secundario y opcional para el que esté motivado a buscarla. Sin conversión por parte del Espíritu Santo no puede haber docilidad para hacer la Voluntad de Dios, lo que conlleva dejar a la santidad como algo accesorio o secundario para el cristiano.



El postconcilio no dio los frutos que esperaban los promotores del “espíritu del concilio”, por lo que una persona reflexiva y juiciosa, como es el actual Papa Emérito Benedicto, no pudo sostener este punto de vista demasiado tiempo. Siendo Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe nos da otra visión diferente:

No soy un profeta, por eso no me atrevo a decir qué es lo que dirán en cincuenta años, pero creo que será sumamente importante el hecho de que el Santo Padre haya estado presente en todas las partes de la Iglesia. De este modo, ha creado una experiencia sumamente viva de la catolicidad y de la unidad de la Iglesia. La síntesis entre catolicidad y unidad es una sinfonía, no es uniformidad. Lo dijeron los Padres de la Iglesia. Babilonia era uniformidad, y la técnica crea uniformidad. La fe, como se ve en Pentecostés en donde los apóstoles hablan todos los idiomas, es sinfonía, es pluralidad en la unidad. Esto aparece con gran claridad en el pontificado del Santo Padre con sus visitas pastorales, sus encuentros. (Card. Ratzinger. 30 de noviembre de 2002, Universidad Católica San Antonio de Murcia)

Podemos seguir su línea de pensamiento en otro texto importante, que ya tiene carácter magisterial y que nos ayuda a darnos cuenta que no podemos reducir el ecumenismo a voluntarismo y planificación. Tampoco podemos esperar un unidad sinfónica colocando juntos a muchos músicos con diferentes partituras y estilos. Diversidad como don que completa nuestros limites humanos, pero que debe estar dentro de un todo ordenado y coherente. Esa era la visión del Card Ratzinger en el año 2002. Pero el pensamiento del Cardenal siguió evolucionando. Ya siendo Papa Benedicto XVI su pensamiento se vuelve más profundo y consistente. Cuando se es director de una orquesta sinfónica y se desea que la música sea fiel a la partitura, es necesario dejar las cosas claras:


El tema elegido este año para la Semana de oración hace referencia a la experiencia de la primera comunidad cristiana de Jerusalén, tal como la describen los Hechos de los Apóstoles; hemos escuchado el texto: «Perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones» (Hch 2, 42).

En el versículo citado de los Hechos de los Apóstoles, cuatro características definen a la primera comunidad cristiana de Jerusalén como lugar de unidad y de amor, y san Lucas no quiere describir sólo algo del pasado. Nos ofrece esto como modelo, como norma de la Iglesia presente, porque estas cuatro características deben constituir siempre la vida de la Iglesia.

Primera característica: estar unida y firme en la escucha de las enseñanzas de los Apóstoles; luego en la comunión fraterna, en la fracción del pan y en las oraciones. Como he dicho, estos cuatro elementos siguen siendo hoy los pilares de la vida de toda comunidad cristiana y constituyen también el único fundamento sólido sobre el cual progresar en la búsqueda de la unidad visible de la Iglesia.

El segundo elemento es la comunión fraterna. En el tiempo de la primera comunidad cristiana, así como en nuestros días, esta es la expresión más tangible, sobre todo para el mundo externo, de la unidad entre los discípulos del Señor. Leemos en los  Hechos de los Apóstoles que los primeros cristianos lo tenían todo en común y quien tenía posesiones y bienes los vendía para repartirlos entre los necesitados (cf. Hch 2, 44-45). Este compartir los propios bienes ha encontrado, en la historia de la Iglesia, modalidades siempre nuevas de expresión. Una de estas, peculiar, es la de las relaciones de fraternidad y amistad construidas entre cristianos de diversas confesiones. 

Tercer elemento: en la vida de la primera comunidad de Jerusalén era esencial el momento de la fracción del pan, en el que el Señor mismo se hace presente con el único sacrificio de la cruz en su entrega total por la vida de sus amigos: «Este es mi cuerpo entregado en sacrificio por vosotros... Este es el cáliz de mi sangre... derramada por vosotros». «La Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del Misterio de la Iglesia» (Ecclesia de Eucharistia, 1). La comunión en el sacrificio de Cristo es el culmen de nuestra unión con Dios y, por lo tanto, representa también la plenitud de la unidad de los discípulos de Cristo, la comunión plena.

Por último, la oración —o, como dice san Lucas, las oraciones— es la cuarta característica de la Iglesia primitiva de Jerusalén descrita en el libro de los Hechos de los Apóstoles. La oración es desde siempre la actitud constante de los discípulos de Cristo, lo que acompaña su vida cotidiana en obediencia a la voluntad de Dios, como nos lo muestran también las palabras del apóstol san Pablo, que escribe a los Tesalonicenses en su primera carta: «Estad siempre alegres, sed constantes en orar, dad gracias en toda ocasión: esta es la voluntad de Dios en Cristo Jesús respecto de vosotros» (Benedicto XVI. Audiencia general. 19/1/11)

Benedicto XVI en el año 2011 se separa bastante del teólogo Ratzinger del año 1966. resumo lo que propone el ahora Papa Emérito, por medio de los cuatro elementos que deben guiar la unidad de los cristianos:

1) Tradición Apostólica. Es raíz del árbol de la unidad
2) Fraternidad, que es más que complicidad, amistad, gregarismo o comunidad. Es la naturaleza que nos une y reúne.
3) Sacralidad: trascendencia. Misterio y sacramentos. Es la savia que nutre y fortalece la humanidad caída que todos tenemos.
4) Oración. Es la flor que espera la mano de Dios para dar abundante fruto.

Desgraciadamente utilizamos los lenguajes humanos para crear apariencias y engañarnos unos a otros. Sabemos pervertir el entendimiento y destrozar la coherencia, intentando que Verdad sea nuestra herramienta y no al revés. Deberíamos ser instrumentos de la Verdad. ¿Qué sentido tiene distribuir una frase descontextualizada del teólogo Ratzinger, sobre una foto del Papa Benedicto XVI? 

Desde mi humilde punto de vista, lo que se busca es ganar la “partida” antes que desgastarnos suplicando que la Verdad nos acoja en su infinita bondad. El dolor que hace que la Iglesia se retuerza y gima, proviene de nuestra tendencia querer ser los protagonistas del show que nosotros mismos montamos. Es marketing se convierte en fe y esto no nos puede llevar muy lejos. Sigamos orando por la unidad de los cristianos. Unidad que sólo puede existir si profundizamos en los cuatro elementos enunciados por el Papa Benedicto.

Resalto la palabra profundizar, porque la tendencia actual es señalar que lo fundamental de la unidad es la dimensión horizontal y no la vertical. Utilizando un símil, nos contentamos con conseguir que llamemos “árbol” al bosque y así no tener que convertirnos y conseguir tener la misma raíz de la Tradición y que la savia de lo sagrado no corra por nuestro interior. El árbol tiene ramas diferentes, pero la diversidad de ramas nunca puede ser confundida con unidad de naturaleza y ser que Cristo quiere para Su Iglesia. La diversidad es un don que hace posible que los carismas personales se unan para ser una Iglesia santa, católica y apostólica.

jueves, 19 de enero de 2017

¡Unidad! Pero que sea verdadera, no sólo apariencias vacías. San Agustín

Podemos poner el símil de un cristal de una ventana que estaba perfectamente, pero la acción egoísta del ser humano ha ido partiendo de pedazos cada vez más pequeños y separados en sí. Cuando más separación exista, es más difícil ver el paisaje que ha detrás. Paisaje que en el símil sería Cristo que quiere transparentarse en el mundo a través de nosotros y de la Iglesia. ¿Qué sentido tiene decidir que lo importante es que los trozos estén aparentemente unidos cuando las roturas hacen inviable que la ventana muestre el exterior? Hasta podemos engañarnos diciendo que lo importante es que entre luz y que cada cual se imagine el exterior como quiera. De hecho esto es lo que estamos haciendo desde hace décadas.

Empezamos la semana de oración para la unidad de los cristianos y como siempre, nos centramos más en la unidad aparente que en la unidad real. El objetivo es sacarnos algunas fotos juntos y decir que todos estamos muy interesados en la unidad. Decimos que “es más lo que nos une que lo que nos divide”, pero no valoramos el peso o profundidad de lo que nos separa. En la Iglesia Católica se hacen actos y grandes discursos para los medios, mientras internamente somos incapaces de vivir cerca unos de otros. Esto tiene un nombre claro: hipocresía.

Llamamos a la "unidad externa" mientras somos incapaces de establecer un diálogo interno que aclare qué nos pasa y qué es lo que queremos como Iglesia. Sin diálogo no se anda el camino en la unidad y dentro de la Iglesia el “silencio que desprecia”, se ha convertido en un arma. Cuando no hay respuesta al diálogo ofrecido, el Espíritu Santo no puede actuar. Nos lo explica San Agustín con claridad:

El que no está dentro de esa Iglesia, ni ahora siquiera recibe el Espíritu Santo. Cortado, pues, y separado de la unidad de los miembros, unidad que es la que habla las lenguas de todos, tiene que renunciar al Espíritu, no tiene el Espíritu Santo. Porque, si lo tiene, que muestre los signos que entonces se mostraban. ¿Qué significa que muestre las señales que entonces se mostraban? Que hable en las lenguas de todos. Me responde él: ¿Por qué? ¿Hablas tú las lenguas de todos? Las hablo, en efecto, porque toda lengua es mía, es decir, de aquel cuerpo del que soy miembro yo. La Iglesia, difundida por las naciones, habla todas las lenguas. La Iglesia es el cuerpo de Cristo, y de ese cuerpo eres miembro tú; luego, como eres miembro de este cuerpo que habla todas las lenguas debes creer que tú las hablas también todas. La unidad de los miembros mantiene su concordia perfecta por la caridad, y la unidad habla las mismas lenguas que hablaba entonces un solo hombre. (San Agustín. Tratado sobre el Evangelio de San Juan. 32, 7)

Las lenguas, que son las formas de comunicar, no son importantes para el Espíritu, porque su acción nos permite superar las murallas comunicativas. Lo que realmente nos separa o nos une, no son las apariencias del lenguaje, sino lo que sustancialmente se comunica cuando dialogamos. La Iglesia tiene un símbolo de unidad de gran valor y profundidad: el Papa. El Papa debe ser signo de unidad entre todos nosotros. Pedro es quien debe apacentar las ovejas y reunirlas en un solo rebaño. Da igual que sean de razas, colores y costumbres diferentes. Da igual que su forma de comunicarse sea diferente. Lo esencial es apacentar al rebaño y confirmarlo en la fe que nos une entre nosotros y nos une con la Iglesia desde el siglo I. De ahí la importancia del Papa como defensor de la Tradición Apostólica, que es sustancial para que las apariencias sean lo que más nos importe.

La caridad es fundamental. Es la sangre que nos debería unir. La caridad no puede detenerse por razones de política de grupo o de tendencia ideológica. Es cierto que la postmodernidad nos ofrece diversas falsas panaceas, como la armonía del silencio o la paz de la lejanía. Es cierto que la Iglesia lleva tiempo utilizando estas panaceas como forma de convivir internamente. Pero también es cierto que el silencio y la lejanía destrozan la unidad, por mucho que se ofrezcan como logros ecuménicos.

¿Qué es lo que vemos actualmente? Vemos que dentro de la Iglesia se van creando roturas en forma de guetos internos que viven “su” fe de diferente forma que los demás. Vemos que cada parroquia o grupo, personaliza la Liturgia para adaptarla a su estética y emotividad. Vemos que en algunos de estos guetos se habla más de sus segundos salvadores que del Evangelio y de Cristo. Vemos que la santidad deja de ser el objetivo, dejando paso a conceptos psico-sociales, como el liderazgo y la eficiencia misionera. Vemos que la evangelización se está centrando en elaborar atractivas estrategias de marketing que consigan discípulos que se unan a una especie de estrategia piramidal.

No podemos descartar ver en el futuro a tradicionalistas católicos, valdenses y luteranos aparentemente futuro. Unidos por “todo lo que nos une” que básicamente una etiqueta, pero incapaces de vivir la misma fe en verdadera comunión. Eso sí, a quienes señalan que esto es un macabro juego del maligno, se les margina sin misericordia alguna. La misericordia se reserva para quienes juegan al juego de la unidad aparente, vistiéndose con las modas eclesiales de cada momento.

jueves, 12 de enero de 2017

Misterio es símbolo y el símbolo no se inventa, nos es dado.

Para la inmensa mayoría de nosotros, un símbolo es algo aparente que carece de realidad. Cuando se hace algo para aparentar, se dice que se actúa de forma simbólica, cuando lo que se hace realmente es un simulacro.


Símbolo y simulacro son antitéticos. Se simula lo que no es cierto, se simboliza lo que es profundamente real pero es imposible de mostrar por sí mismo. Suelo poner el ejemplo de un símbolo de circulación que todos conocemos: peligro. Seguro que todas las personas responsables se detienen delante del símbolo y se preparan para no los posibles problemas que puedan encontrar. La pregunta que nos podrían hacer es ¿Te da miedo una forma abstracta pintada y puesta sobre un palo? Toda persona responsable dirá que a ellos no les asusta la señal, sino lo que simboliza: el peligro del que nos informa. La realidad que hay detrás del símbolo que evidencia su existencia. Lo simbólico es totalmente real, aunque no se pueda ver, tocar y comunicar por sí mismo y necesite de un medio llamado símbolo.


El Credo que rezamos todos los domingos se denomina también el Símbolo de la Fe. ¿Por qué? Porque proclamarlo en público evidencia la fe que tenemos y nos permite reconocernos como hijos de Dios y hermanos en Cristo. Por desgracia pocas personas saben lo que hacemos al profesar el Credo cada domingo qué estamos haciendo. El Credo se recita como una salmodia ininteligible más dentro de la Liturgia. Al recitar el Credo de esta forma estamos profanando y despreciando de nuestra fe. ¿Alguien nos ha dicho esto? Nadie. Hasta dudo que muchos sacerdotes sepan esto y los que lo saben, prefieren no meter el dedo en en la herida.


El cristianismo aparente es, por desgracia, lo más habitual hoy en día, pero ya ocurría en tiempos de Cristo (1). Nadie le extraña que pasemos nuestra vida de simulacro en simulacro, aunque después nos preguntemos las razones por las que cada vez hay menos personas en las misas, catequesis o celebraciones diversas. Terminamos replanteándonos si tanto simulacro es necesario y nos alejamos poco a poco de una fe que no entendemos y que al no entenderla, no puede llenarnos de esperanza. Esperanza, que es imprescindible para la caridad. Caridad que debería de ser: constante y secreta, porque nos lleva a una profunda experiencia de conversión. La caridad existe cuando dejamos que Dios actúe a través de nosotros y vemos la imagen de Dios en la persona necesitada.


La filantropía y la solidaridad sólo nos satisface de nosotros mismos y nos deja vacíos de trascendencia. Para el cristiano es esencial entender y vivir cada momento de la vida como una oportunidad de ver a Dios y dejar que actué a través de nosotros. Pero para ello nos encontramos con la necesidad de discernimiento:
Existe la necesidad de un continuo discernimiento para individualizar los caminos de la consumación de todo en Dios. Pero dicho discernimiento sólo es posible en el interior de un horizonte único, que se nos haya hecho inteligible a través de la Sabiduría divina, memoria del origen y del estado definitivo de la creación, manifestación de lo divino y forma sacramental de lo creado, para lo que hemos sido educados por la revelación bíblica y por la Tradición de la Iglesia. Nosotros no damos el significado a lo creado, como tampoco podemos darle sentido a los acontecimientos que tienen lugar en la historia. Si nos consideramos los protagonistas absolutos del conocimiento, entonces los significados que demos a las cosas o a los sucesos estarán casi siempre sometidos a la idea general o al interés que tengamos. Los límites de dicho enfoque los testimonia un simbolismo idealista o romántico, donde el vínculo, entre símbolo y realidad expresada, es convencional, artificial. En el simbolismo verdadero, en cambio, el símbolo expresa una  realidad que va más allá de si misma, que manifiesta en sí misma lo que es más que ella, que se revela también a través de ella porque es el reflejo de un doble orden de lo real fenoménico y ontológico. En esta perspectiva, el símbolo no se inventa, se encuentra dado. En este sentido, el pensamiento simbólico es un pensamiento religioso, precisamente porque es la percepción del vínculo de toda forma de vida con un principio superior. (Card. T. Spidlik, M. Rupnik, El Conocimiento Integral. La vía del Símbolo. C6 El Símbolo da acceso al conocimiento del mundo)


Permítanme dar un paso más allá de los que M. Rupnik nos indica. Vivir la vida como un símbolo constante de la presencia de Dios en nosotros, los demás y el mundo que nos rodea, es dar pasos hacia la santidad. La santidad no es un ideal al que nadie pueda llegar. Los santos nos atestiguan que la Voluntad de Dios es que la Gracia nos transforme de forma continua. La santidad no es recluirse para vivir alejados del mundo, sino vivir en el mundo como si no pertenecieramos a él (3).


Tampoco se trata de sólo de pensamiento simbólico, aunque sea imprescindible. Se trata de plantearse vivir como símbolo de Cristo cada segundo de nuestras existencia. Por eso hemos recibido los sacramentos y por eso accedemos a ellos siempre que los necesitamos. Ser símbolos de trascendencia en un mundo inmanente, es un escándalo para quienes viven aferrados a los cotidiano, funcional y relativo. M. Rupnik nos dice algo que debería de ser, pero que por desgracia no es frecuente: haber sido educados en la Revelación Bíblica y en la Tradición de la Iglesia. El cristiano medio vive su fe de forma asilvestrada, personal, emotivista y en demasiados caso trufada de continuos simulacros. Me acuerdo cuando leí por primera vez el “Tratado sobre los Sacramentos” de San Ambrosio de Milán. En esa obra encontré un entendimiento que nunca me había imaginado. Si una persona en el siglo IV hablaba así a otras que seguramente ni sabían leer ni escribir ¿A qué tememos para no hacerlo ahora a las personas actuales, teóricamente más formadas y capaces?


La respuesta es simple. Las personas del siglo IV tenían nociones y entendimiento de los que ahora carecemos. Entendían la relación entre el ser humano y Dios, porque la tecnología no la había distorsionado todavía. Entendían que Dios se manifestaba en torno suya a través de todo lo creado. Es verdad que era un entendimiento mágico, pero tenía a Dios como centro y motor de todo. Ahora creemos en una magia diferente, la tecnología. Es magia porque detrás de poder que posee está al ser humano, no a Dios. La tecnología hace aparentes milagros cuando la política y el dinero lo permiten.


El ser humano del siglo XXI, no ve más allá de su entorno socio-político-cultural y busca soluciones a través de otros seres humanos, administraciones e instituciones humanas. El marketing es una máquina de esclavización maravillosa y cada vez lo es más. En una sociedad dominada por apariencias, simulacros y espejismos sociales, los símbolos se convierten en un problema, porque nos devuelven a la Verdad e impiden que seamos engañados.


Como dice M. Rupnik, el símbolo no es inventado por el ser humano. El símbolo es por sí mismo, es donado por Dios. Todo lo creado tiene la huella dactilar de Dios y a través de la Revelación Natural y Sobrenatural, encontramos lo que hay detrás de las apariencias que nos rodean. Pero, claro, siempre que decidamos seguir a Cristo: negándonos a nosotros mismos, tomando nuestra cruz y siguiendo sus pisadas. Este es el camino de la santidad.


(1)          No todo el que me dice: “Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la Voluntad de mi Padre que está en los Cielos” (Mateo 7, 21)
(2)      Pero tú, cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha” (Mateo 6, 3)
(3)      Leer con tranquilidad lo que la carta a Diogneto nos dice sobre la presencia de los cristianos en el mundo.

lunes, 9 de enero de 2017

Ocho años en la red, demos gracias a Dios por ello.

Hoy cumple este humilde blog ocho años. Un nueve de enero de año 2009 comenzamos la andadura con un post que intentaba resumir lo que deseaba compartir a través de esta herramienta de comunicación digital: Misterio Cristiano. Ahora, ocho años después, vuelvo a replantearme el objetivo tras infinidad de vivencias interiores y exteriores. Mi interior no es el mismo, tampoco la Iglesia es la misma. La sociedad es la única que siguen dando pasos hacia el mismo sinsentido, ahora incluso más rápidamente que antes. La Iglesia ha perdido la fascinación por la trascendencia que vivió durante los años del Papa Benedicto XVI. Ahora la moda eclesial nos invita a andar e integrarnos en la sociedad que nos rodea. No hay que extrañarse, la Iglesia está compuesta por personas que también son sociedad y por lo tanto, viven su vida buscando coherencia a todos los niveles. El desafío es llegar a "no ser de este mundo", lo que conlleva andar el camino de la santidad. Santidad que conlleva ser despreciados por la sociedad y por la parte funcionalista de la Iglesia. Hace ocho años decía en el primer post:

“En el cristianismo (como en la mayoría de las religiones) es posible definir dos tipos de acercamientos a la Revelación. El primer acercamiento es externo, aparente, abierto al mundo y a la sociedad. El otro acercamiento es interno, trascendente, profundizador en los misterios de la Divinidad y los objetivos del Creador”

En estos momentos, lo aparente, lo funcional y lo humano, es lo que prima. Por ello es complicado que un blog, como este, consiga la misma relevancia que tuvo en determinados momentos. Relevancia que hizo que fuese invitado al Blogger Meeting que organizó el Vaticano en el año 2011.

Me pregunto ¿Qué hacer? Sobre todo porque mi otro blog /La Divina Proporción dentro del portal ReL/ resulta más sencillo de llevar, lo que ha hecho que haya ido dejando de actualizar este blog. Pero le tengo mucho cariño y no quiero olvidarlo. Hay entradas que siguen siendo relevantes en la red. Por ejemplo: ¿Qué es lo Sagrado?, que desde hace ocho años está en los primeros puestos de búsqueda dentro de Google. Es decir, este blog responde y guía aunque no tenga la vitalidad de los primeros años.

En una sociedad inmanente, laicista, funcionalista y postmoderna, parecería que nadie necesita saber qué es lo sagrado. Pero no es así, seguimos sintiendo el llamado que busca sentido de lo que somos y hacia dónde nos dirigimos. La respuesta no existe dentro de la dimensión funcional-socio-cultural que sociedad e Iglesia nos ofrece como referentes. Ya sabemos por los teoremas de la incompletud de Gödel que dentro de un dominio de definición no es posible encontrar respuestas de los dominios que están por encima y lo contienen. Deberíamos de tener claro unas cuantas cosas:

  • Las respuestas están en el plano místico, el plano del Misterio. Misterio revelado por Cristo, que es el Logos, la Palabra de da sentido a todo y a todos. No podemos esperar hallar respuestas trascendentes, profundas, liberadoras, dentro del funcionalismo postmoderno, con sus tendencias emotivistas y socio-culturales. 
  • El sentimentalismo y la inclusividad social no lo es todo. El Evangelio es la Buena noticia que deberíamos de llevar siempre con nosotros. Evangelizar es mostrar el Camino, la Verdad y la Vida a quien quiera escucharnos. Todo tiene sentido en Cristo, incluso el dolor y la muerte cobran sentido en Él.
  • Somos hijos de Dios, gracias al bautismo y la Gracia de Dios. No somos individuos que conforman una macro-estructura que busca automatizarse de forma óptima para beneficio del propio sistema. 
  • Nuestro objetivo es la santidad. Nos engañan cuando nos ofrecen ser discípulos de un credo funcionalista-empresarial, que asigna funciones-cargos-responsabilidades y si cumplimos la misión encomendada por el líder de turno, nos remuneran con gratificaciones emocionales. 
  • Las estructuras humanas no salvan. La Torre de Babel es el mejor ejemplo para quitarnos de la cabeza las soluciones basadas en funcionalismo y liderazgos humanos. ¿Cuál es la Panacea? Cristo que nos permite por medio del bautismo ser parte de Su Cuerpo, la Iglesia.
  • No podemos solucionar los problemas e incoherencias del ser humano mediante la relativización, poliedrismo, multiculturalidad ni ecumenismos corrompidos. La Solución vuelve a ser Cristo. Negarnos a nosotros mismos, cargar con nuestra cruz y seguir sus pasos, era, es y será la solución
  • No podemos vivir encerrados en guetos homogeneizadores. Vivir alejados unos de otros, no sólo nos lleva a la indiferencia, sino que impone como sustituto a la caridad, la tolerancia y el desafecto. El ser humano tiene que vivir de forma que sus carismas se unan a los carismas de los demás, para que así nuestra naturaleza humana pueda ser herramienta dócil y eficaz en manos de Dios.
  • Es una locura monumental seguir a segundos salvadores, anteponiendo sus palabras, gestos, tendencias y defectos a la Palabra que ofrece el Agua Viva. Tenemos que seguir a Cristo según lo revelado por Dios.
  • La Tradición Apostólica es el mejor manual para discernir y entender. Los discursos de unos y otros, los shows mediáticos, las entrevistas a los medios y los comentarios de pasillo, no son más que ruido. Ruido que nos aleja de Cristo.
  • Unirnos todos en el Misterio Cristiano, que es Cristo revelado y sacramental, es la única y verdadera panacea a la que podemos acceder. Lo demás, son Torres de Babel que tarde o temprano caerán sobre quienes las construyen.

¿Tiene algún sentido escribir un blog con este perfil en pleno siglo XXI? Yo creo que sí y por eso sigo ilusionado con compartir con ustedes lo que el Espíritu humildemente sopla a mi humilde oído. Siempre dentro de la fidelidad más absoluta a Cristo, la Tradición Apostólica y la Iglesia Católica. Declaro que sólo dentro de la Iglesia hay salvación. También soy consciente que una pertenencia formal y socio-cultural no es más que un engaño a nosotros mismos.

Decía Karl Rahner: "El cristiano del siglo XXI será místico o no será", pues ya estamos en el siglo XXI y el cristianismo es todo menos místico. ¡Incluso somos incapaces de ponernos de acuerdo sobre el significado y entendimiento de la mística!

"Es complicado que hoy en día se acepte que la mística también es un camino intelectual y de acción, además de emotivo"
La mística nos lleva al Misterio y nos hace vivirlo en plenitud. Aunque a veces parezca lo contrario, el cristianismo no desaparece, aunque sea cada vez menos visible. Va quedando reducido a pequeños grupos de personas que buscan vivir su fe, esperanza y caridad, desde un plano diferente al funcionalismo postmoderno. Son el "Resto Fiel" (1), el conjunto de personas que son "escogidas" (2) por el Espíritu. Porque el mismo Cristo sabe que la fe se irá reduciendo hasta que parezca haber desaparecido (3). Quiera el Señor que estemos dentro de esto pequeño remanente que actuará como semilla para el momento en que Dios decida que caiga en tierra, muera y dé abundante fruto.

Aparte del Misterio Cristiano (vivencia), existe el Compromiso Cristiano (acción), que junto con el Mensaje Cristiano (evangelización), conforman un trío de elementos fundamentales para el cristiano. Espero seguir adelante con el compromiso adquirido hace ocho años y hacerlo con más asiduidad. El número de lectores es lo de menos. Aunque nadie me llegue a leer, el compromiso tiene sentido por sí mismo. Es el fruto que el sarmiento ofrece cuando vive unido a la Vid. Aunque nadie tome el fruto y caiga a la tierra, allí seguirán dando fruto por la Gracia de Dios. Gracias por estos ocho años y ya sabe dónde estoy para lo que necesite. Dios le bendiga en este año 2017 y ¡que sea la Voluntad de Dios la que nos guíe!



(1) Habrá un "Resto" fiel, "un pueblo pobre y humilde, que se refugiará en el nombre del Señor" Sofonías (3, 12)
(2)Porque muchos son llamados, pero pocos son escogidos. Mateo (22, 14)
(3) No obstante, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra? Lucas (18, 8)


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