martes, 19 de julio de 2016

La incomprensibilidad de Dios. San Gregorio Nazianceno

¿Quién es capaz de comprender a Dios?  ¿Quién es capaz de llegar más allá de lo que Dios mismo nos ha indicado? Por desgracia el ser humano es capaz de subirse sobre su propia soberbia y creerse capaz de determinar lo que Dios no nos ha develado. Esta soberbia llega al punto de creer que la misma escritura humana puede revelar los Misterios revelados y hacerlos razonables y a la medida de nuestras mentes.

Debemos empezar, pues, una vez más como sigue: entender a Dios es difícil, pero expresarlo es imposible, como enseñó, no sin habilidad –creo yo–, uno de los "teólogos" griegos. Parecía haber entendido lo difícil que es hablar de Dios y evitaba al mismo tiempo toda refutación para con lo que había definido previamente como inexpresable. Yo pienso que hablar de Dios es imposible, y entenderlo, más imposible todavía. Porque lo que se ha entendido, tal vez podría ser explicado por la palabra, si no suficientemente, sí al menos de una manera oscura, al que no ha viciado totalmente sus oídos ni ha vuelto indolente su inteligencia. Pero alcanzar con el entendimiento esta realidad es absolutamente imposible e irrealizable, no sólo para los que se dejan llevar por la indolencia y se inclinan hacia abajo, sino incluso para los más elevados y amantes de Dios; es igualmente imposible para toda naturaleza engendrada, es decir, para quienes estas tinieblas y esta espesura carnal interceptan el conocimiento de la verdad. No sé siquiera si lo será también para las naturalezas más altas y espirituales, que, por estar más cerca de Dios y ser iluminadas por la luz plena, podrían ser esclarecidas, si no enteramente, al menos más completa y nítidamente que nosotros, unas más y otras menos, en proporción a su rango. (San Gregorio Nazianceno. Discurso 28, 4)

El camino de la santidad tiene un componente místico muy importante, ya que el santo es humilde e incapaz de sobrepasar la línea que Dios mismo ha trazado para nuestra comprensión de los Misterios. Todo razonamiento que sobrepase esta línea, aunque sea válido y se apoye en lo que ha sido revelado, constituye una profanación. Dios nos ha dona la naturaleza humana que tenemos. Esta naturaleza es limitada y herida por el pecado. Nuestro lenguaje no es capaz de transmitir los Misterios de forma total y completa. A los sumo somos capaces de encontrar analogías que símiles que nos ayuden a transmitir parte de la experiencia mística que podemos haber recibido de Dios.

Por ello debemos ser humildes, dóciles y prudentes. Dios le dijo: "No te acerques. Descálzate, porque el lugar en que estás es tierra sagrada"(Ex 3, 5) ¿Qué significa descalzarse? Significa detrás las capacidades humanas a un lado y dejarse llevar por la Gracia de Dios. El calzado representa las herramientas humanas que nos permiten avanzar por el mundo. En tierra sagrada estas herramientas y habilidades humanas sólo nos pueden llevar a peligrosos errores. ¿Por qué le dijo Dios que no se acercara a la zarza ardiente? Porque los Misterio sólo pueden ser contemplado desde lejos y con suprema humildad. Moisés se tapó la cara porque temía ver a Dios, ya que ver a Dios significa dejar traspasar la naturaleza humana que nos da conciencia y consistencia.

¿Por qué los seres humanos queremos traspasar la línea del Misterio? La pregunta la podemos llevar hasta Adán y Eva. ¿Por qué comieron del fruto prohibido? Fueron tentados por la serpiente, que les ofreció ser como Dios. Ser como Dios sonaba tan maravilloso que no se pudieron resistir y pecaron. De igual forma, quien se cree capaz de llegar donde Dios no ha determinado que lleguemos, peca de arrogancia y soberbia. Lo más triste es que cuando queremos ser como Dios, lo único que hacemos es destrozarnos a nosotros mismos. ¿Qué le pasa a un globo que se llena con más aire del que puede soportar? Estalla y deja de ser lo que era antes. Su naturaleza le permitía contener una cierta cantidad de aire. Una vez roto, ya no tiene sentido, ha perdido su razón de ser.

En todo caso, será Dios quien decida hasta dónde su gracia nos permitirá llegar a cada uno de nosotros. No podemos exigir que nadie llegue más allá de la línea marcada, porque estaríamos haciendo violencia a la naturaleza de nuestro hermano..

jueves, 16 de junio de 2016

Culto, cultura y Liturgia

Hablar de Liturgia es hablar de un Misterio al que no es sencillo acercarse. Para una persona normal que se acerca a misa, hay tres esferas o dimensiones que debería considerar dentro de este Misterio:


  • Dios que se manifiesta a los seres humanos a través de los medios que ha dispuesto para ello
  • Los medios que Dios ha dispuesto para hacerse presente en medio de nosotros. Este es el espacio-tiempo de lo sagrado, que une y reúne al ser humano con Dios. De forma muy adecuada podríamos decir que nuestra religión es precisamente esto, la forma en que no re-ligamos con Dios.
  • Nosotros, usted y yo, que en la medida que comprendamos, sintamos y actuemos, podremos acercarnos a Dios a través de estos medios privilegiado.

¿Qué es la Liturgia? Podemos proponer una definición sencilla que nos sirva para introducir el tema, pero que se queda muy corta en todos los aspectos. Ya hemos dicho que es un Misterio, por lo que es imposible de definir plenamente. Liturgia es el conjunto de prácticas y reglas establecidas para la celebración del culto y las ceremonias religiosas. Ahora ¿Qué es el culto?

No crean que es sencillo definir qué es culto, ya que estamos reduciendo a unas pocas palabras una infinidad de dimensiones naturales y sobrenaturales. Culto serían las manifestaciones externas de una religión. El culto es parte importante de cualquier religión, porque es lo que nos permite evidenciar la fe de forma comunitaria. El culto tiene una relación directa con cultura.  Cultura es el conjunto de entendimientos, sentimientos y acciones que dan sentido a un grupo de personas y les permiten comunicarse y vivir, de forma unida, coherente y efectiva. El culto es cosustancial a una cultura que le da sentido.

Como católicos podemos valorar hasta donde todo esto tiene sentido para nosotros o estamos hablando de algo totalmente desconocido. Digo que es desconocido porque actualmente padecemos una serie de enfermedades sociales y espirituales que hacen que todo lo que hemos dicho antes pueda parecer de otro mundo. ¿Qué enfermedades padecemos?


  • Postmodernidad, que relativiza la cultura y nos induce a crear subculturas sin capacidad de comunicación mutua. Preferimos los grupos cerrados, en donde nos sentimos privilegiados y protegidos del “exterior”.
  • Emotivismo, que nos induce a dudar de la razón y a dale a todo un sentido emotivo en contradicción con el entendimiento y la voluntad.
  • Agnosticismo. Incluso dentro de la propia Iglesia. Creemos que Dios está tan lejos y le importamos tan poco, que le da igual todo lo que hagamos. La santidad deja de ser un objetivo y la posición social toma su lugar.


Estas enfermedades inciden en la cultura, en el culto y en la Liturgia. Hoy en día la “cultura común” se interpreta como una amenaza que nos impide ser nosotros mismos. El culto se ha degradado hasta conformar acciones socio-culturales en donde se reafirma la comunidad como una realidad en oposición a “los demás” y autoreferencial. El culto llega a ser una excusa para entablar y desarrollar relaciones sociales. La Liturgia termina por ser un espacio-tiempo creativo, que cada comunidad conforma a su imagen y semejanza. La sacralidad pierde sentido en este esquema antropocéntrico donde lo social es la dimensión relevante. De hecho el sentido de lo sagrado no existe en muchos católicos actuales.

En este momento eclesial la diversidad de culto llega a distorsionar completamente la unidad de la Iglesia. Para muchos la unidad no es más que una realidad “sentimental” que no tiene razón de partir de cultura, culto y Liturgia común. Tenemos Liturgias Tradicionales que conviven con neo liturgias muy diferentes. Tenemos ritos como el mozárabe o el Vetus Ordo que son capaces de atraer grupos más o menos limitados de personas. Tenemos el Novus Ordo, que teóricamente es el que celebramos de forma normal, pero que se celebra con integridad y coherencia pocas veces. En los ritos tradicionales prima el sentido de belleza y sacralidad. En los ritos modernos, lo importante es la componente socio-cultural que da sentido a la comunidad.

Aparte de la evidencia del culto y la Liturgia, dentro de la cultura tenemos una gran cantidad de divergencias doctrinales y de fe, que hacen que dos personas, que se dicen católicos, sean como el agua y el aceite en muchos aspectos eclesiales. Si somos muy estrictos con la definición de religión, podríamos decir que dentro de la Iglesia Católica existen muchas religiones diferentes que no siempre conviven cómodamente. Lo cierto es que la gran diversidad en el culto evidencia que no tenemos la misma cultura y esto conlleva graves problemas de comunión. A veces se dice que esto es “inculturación”, pero lo que realmente estamos haciendo es creando culturas intra-eclesiales diferentes que se cierran en sí mismas.

A todo esto ¿Dónde queda la dimensión sagrada del culto y la Liturgia? Tristemente está prácticamente olvidada. Los grupos que defienden las Liturgias Tradicionales, que guardan la sacralidad con cierta vitalidad, son vistos como peligrosos por los grupos que defienden el carácter socio-cultural de la fe y la religión. La unidad no es un camino sencillo aunque todo sea posible para el poder de Dios. Decía Benedicto XVI, en la Carta Apostólica Summorum Pontificum, “…las dos Formas del uso del Rito romano pueden enriquecerse mutuamente” y no dudo que este fue el deseo del nuestro querido Papa Emérito. Ahora, si los católicos tenemos fe y cultura diferentes, el culto y la Liturgia nunca podrán ser comunes. Dicho esto ¿Quién se atreve a reclamar una misma cultura católica sin que le tachen de dictador y de cosas más feas aún?
En la segunda década del siglo XXI, la unidad eclesial es imposible de conseguir mediante las fuerzas humanas. La unidad ya es una obra que sólo Dios puede llevar a cabo. ¿Qué podemos hacer entonces?

Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles; si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigilan los centinelas. Es inútil que madruguéis, que veléis hasta muy tarde, que comáis el pan de vuestros sudores: ¡Dios lo da a sus amigos mientras duermen! (Salmo 126)

Podemos sufrir las consecuencias de la diversidad cultural y ofrecer este sufrimiento por la unidad que tanto ansiamos unos pocos. Podemos asistir a una Liturgia que no nos resulta cómoda y ofrecer este sacrificio por el bien de nuestra amada Iglesia. Podemos hablar de este problema con otras personas, para que sean conscientes de todo lo que nos separa y que no se trata de mala voluntad mutua. Se trata de un fino y eficaz trabajo diabólico. Podemos intentar dialogar dentro de la Iglesia, para que al menos, se comprenda que no todas las personas nos sentimos alineadas con una religiosidad aparente y socio-cultural, basada en hacer de los sacramentos unos entretenidos shows.

En este momento, poco más podemos hacer. Intentar que algo de la misericordia, de la que tanto se habla,  pueda llegar a quienes estamos en una lejana y mal vista periferia existencial.

domingo, 24 de abril de 2016

La esperanza no ha desaparecido

La Iglesia es santa, pero quienes la componemos no los somos. No cabe duda que el momento actuar nos revela que quienes componemos la Iglesia estamos enfermos de postmodernidad o como también se suele llamar, modernidad líquida. Cuando las células del cuerpo enferman, el cuerpo padece y nadie puede negar que el Cuerpo de Cristo padezca de problemas que crecen día a día. Pero no tenemos que desesperar. La Iglesia es un todo desde que fue instituida, por lo que no podemos decir que su santidad pueda ser puesta en duda. En todo caso, lo que vivimos es un dolor que no compromete su santidad, apostolidad y unidad.

El momento eclesial es realmente feo, con dudas,  enemistades, predisposición a las actuaciones sacrílegas y una lucha interna que no puede ser disimulada. No es una lucha que se pueda ver en los medios de comunicación, ya que estos sólo son capaces de ver la superficie del cuerpo eclesial. La lucha se libra dentro de cada uno de nosotros, ya que nos tientan con dulces voces de sirenas, para que olvidemos a Dios y nos centremos en el ser humano. No deberíamos escuchar estas voces, pero por desgracia son potentes e inciden en aquellas personas que no tienen conocimiento y voluntad suficiente como para ignorarlas. Estas personas, que durante décadas han sido formadas de forma leve, superficial y de manera proclive a aceptar soluciones humanas, son las células que realmente están sufriendo la enfermedad. Ellas son las que dejan de buscar la santidad y se conforman con la aceptación de sus debilidades humanas. Estas personas son las que se ven alejadas de los sacramentos, porque se les induce a pensar que son sólo apariencias sociales vacías. Estas personas son las que se alegran porque parece que la solución a sus pecados ya no es la confesión, sino la declaración eclesial de que no existe pecado.

Dios no es tonto ni le da todo igual. No es cómplice de nuestras infidelidades ni prisionero de nuestras limitaciones. Podemos decir mil veces que no existe pecado ni tampoco infierno, pero su existencia no parte de nuestros deseos. Esta cantinela es tan antigua como el mundo. Ya Adán y Eva la padecieron y les trajo consecuencias desastrosas. Sin duda son tiempos donde es imprescindible discernir, separar grano y paja, reconocer la Palabra de Dios entre tantos discursos humanos. Son tiempos de esperanza, para quienes sabemos que Dios no nos abandona ni nos repudia. Esperemos la venida del Señor con alegría y ánimos renovados. Los sacramentos seguirán siendo fuente de Gracia para quienes los vemos como signos sagrados y los intentamos vivir como tales. La sacralidad seguirá existiendo en templo que llevamos dentro de nosotros, aunque sea imposible de vivir en los templos físicos. Dios no nos deja de la mano, somos nosotros quienes nos separamos conscientemente de Él.

Por tanto os digo: Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres: más la blasfemia contra el Espíritu no será perdonada

Mt 12, 31

sábado, 27 de febrero de 2016

Sacramentos alternativos

La Iglesia, desde muy pronto en su historia, señaló la existencia de una serie de sacramentos, que han llegado a nosotros como siete. De ellos, el que resalta sobre todos los demás es la Eucaristía, porque mediante este sacramento nos alimentamos de la Gracia de Dios. También son importantes el Bautismo y la confirmación, ya que son la columna vertebral del acceso a la fe. Los sacramentos son signos por medio de los que Dios nos ofrece su Gracia. Gracia que puede ser rechazada aunque el signo se haya realizado de forma totalmente válida. Para la recepción de los sacramentos, hace falta estar en estado de gracia y predispuestos a abrir el corazón al Espíritu Santo.

Es curioso que esta doctrina tan clara y unificadora, hay perdido hoy en día toda su fuerza y consistencia. Pocas personas ven en los sacramentos algo más que ritos antiguos que conservamos por costumbres. De hecho muchas personas dan más importancia a las obras de caridad que a los mismos sacramentos. Las obras de caridad son maravillosas, pero los sacramentos lo son aún más.

En el pasado viaje del Santo Padre a México, se dio la oportunidad de hablar a que una pareja de personas que conviven como matrimonio, aunque no están casados sacramentalmente. Entre todo lo que dijeron, reseñó un párrafo que creo que es central:

"No podemos acceder a la eucaristía, pero podemos comulgar a través del hermano necesitado, del hermano enfermo, del hermano privado de su libertad" y "buscamos la manera de transmitir el amor de Dios"

Como es lógico, esta pareja no puede comulgar por su situación de convivencia. Esto les ha llevado a buscar una alternativa al sacramento y por eso dan un sentido sacramental a la obras de caridad que realizan. El problema es que no es lo mismo. La caridad no es un sacramento y además, sería muy beneficioso que quienes realizaran estas obras tan maravillosas, vivieran en total sintonía con la fe de la Iglesia. Con esto no quiero decir que estas personas no puedan hacer obras filantrópicas, pero no encontramos con algunos problemas. ¿Cuáles? Leamos un pasaje evangélico que habla justamente de eso:

Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no lo vayas trompeteando por delante como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, bien plantados para ser vistos de los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. (Mt 6, 1-5)

Cristo nos deja claro que las obras de caridad deberían ser secretas, nunca públicas, porque si las aireamos para justificar nuestra bondad, pierden el sentido de sacrificio que Dios desea. Si nuestras obras de caridad las utilizamos como palanca para reclamarnos buenos y perfectos, estamos más cerca del Fariseo que del Publicano. Este último se escondía en las sombras pidiendo perdón a Dios por ser lo que era. No creo que las obras de caridad deban ser utilizadas para justificar una situación de convivencia inadecuada que da testimonio erróneo dentro de la comunidad cristiana.


No dudo que este matrimonio se desviva por hacer el bien a los demás, pero esas buenas obras no son un sacramento y tampoco deberían ser utilizadas para justificarse a sí mismos. No creo que ninguno podemos tomar la palabra para decir que somos maravillosos y señalar que sufrimos por no poder acceder a los sacramentos. Ninguno tenemos derecho a los sacramentos y tampoco tenemos derecho a usar las buenas obras para justificar el acceso a ellos. Siempre es mejor quedarnos detrás, donde nadie nos vea y orar el Señor para que nos perdone nuestra múltiples infidelidades. Si podemos comulgar, debemos hacerlo sin que esto se comprenda como un privilegio ni un premio por nuestra caridad. Si hacemos algo bueno, es porque Dios nos ofrece su Gracia de forma gratuita y nosotros no la rechazamos.

sábado, 20 de febrero de 2016

Libertad y lo sagrado

¿Somos realmente libres? Para ser libre necesitamos de dos características que no abundan en la mayoría de los seres humanos: conocimiento y voluntad. La ignorancia y la apatía, nos conducen directamente a la esclavitud del pecado. ¿Por qué?

San Gregorio de Niza nos habla del pecado original en unos términos que son muy claros e iluminadores. Nos dice que antes de pecar, el ser humano tenía tres privilegios frente a los demás seres irracionales: la inmortalidad, una voluntad única, unida a la Voluntad de de Dios y el conocimiento del rostro de Dios. Adán y Eva escuchan el llamado de Dios y ellos respondían. El diálogo entre creador y criatura daba sentido a cada instante de la vida de nuestros primeros padres. El pecado se sustancia a través de la desconfianza y la envidia que la serpiente cultiva en el corazón de Adán y Eva. Cuando comen del fruto prohibido se cumple el vaticinio de la serpiente, son como dioses, es decir independientes, pero se dan cuenta del gran engaño. Nadie pone a un niño de 3 meses a dirigir una gran empresa. ¿Por qué? 

Porque desconoce todo lo que le rodea y su voluntad sucumbe a sus pasiones. Una vez se rompe el diálogo con Dios, sus decisiones no necesitan del conocimiento de la Verdad y su voluntad deja de verse fortalecida por la Voluntad de Dios. Lo que compraron como una "ascenso" al infinito, fue simplemente una terrible trampa. Estaban solos a merced de las leyes de su naturaleza animal y no tenían conocimiento ni voluntad para obrar el bien. Eran presa fácil de la serpiente, pero Dios tuvo misericordia y les regaló algo maravilloso: la sacralidad. Lo sagrado es el vehículo de comunicación que tenemos para acercarnos a Dios y recibir conocimiento y voluntad a través de la Gracia de Dios. Esta es la razón por la que los signos sagrados nos enlazan, religan, reconectan con Dios. Pero ¿Que sucede cuando nuestra religión olvida lo sagrado y se queda únicamente en lo inmanente?

El creyente medio actual, no es capaz de entender la importancia de lo sagrado. Las razones son diversas, pero habría que empezar por indicar que no se puede entender y dar valor a aquello que no nos han enseñado y de lo cual no tenemos vivencia alguna. Hoy en día la formación y la práctica religiosa, están siendo sustituidas por el activismo socio-cultural y por diversas formas de asociacionismo intraeclesial. Los creyentes siguen creyendo en Dios, pero no son capaces de comunicarse con Él, lo que les hace pensar que Dios está demasiado lejos y delega todo en la misma ignorancia e indiferencia que tenemos en nosotros mismos. Esto permite la aparición de muchos segundos salvadores que ofrecen versiones actualizadas de la religión y la vida espiritual. Formas que parten de transformar la religión para que se adapte a la voluntad creyente y no a propiciar la conversión que hace que el creyente se adapte a la Voluntad de Dios.

Los signos sagrados parecen destinados a guardarse en museos y rellenar tratados que pueblen las bibliotecas. Sólo tenemos que ver cualquier visita del Papa a un país y nos daremos cuenta que los momentos más importantes son los lúdico-emotivo-sociales. Los momentos en que los estadios se llenan y las bandas modernas comparten escenarios con testimonios de marketing emotivo, destinados a emocionar a quien los vea. No se intenta enseñar a comprender ni tampoco se busca ayudarnos a unir nuestra voluntad a la Voluntad de Dios. Incluso los actos litúrgicos tienen como escenarios las plazas, estadios o aeropuertos, olvidando que los espacios sagrados son los más adecuados. La Liturgia a veces deja mucho que desear, llegado a producirse abusos litúrgicos con facilidad.

Es fácil darse cuenta que separados de Dios somos más fácilmente esclavizados por estos segundos salvadores y sus ayudantes. Separados de la Belleza, la Bondad y la Verdad no podremos ir demasiado lejos en nuestro camino cotidiano. Al final alguna persona nos dirá que nos dejemos de tontería y nos dediquemos a ayudar a las demás personas. Si les preguntamos por la forma en que le tenemos que ayudar nos leerán una lista de acciones y actividades, pero en ellas seguro que Dios no aparece ni por asomo. Si nos atrevemos a decir que para comunicar amor a nuestros hermanos, primero tenemos que estar unidos a Dios, nos mirarán como quien ve a un salvaje prehistórico, tras lo que nos calificará como rigoristas o fundamentalistas.

Cristo nos dijo que la Verdad nos haría libres, no nos dijo que la libertad se consiguiese llenado el día de acciones, planificaciones y actividades diversas. Cristo es la Camino, Verdad y Vida. Sólo es posible llegar al Padre a través de Él. ¿A qué esperamos?

sábado, 6 de febrero de 2016

¿En qué consiste la salvación? Humildad, castidad y simplicidad

El ser humano del siglo XXI se considera salvado por sí mismo y por la técnica, que domina y le domina. Todo parece posible por medio de las herramientas sociales, administrativas y tecnológicas que hemos ido creando a nuestra imagen y semejanza. Es evidente que esta pseudo-salvación es falsa. Es sólo un escenario de cartón piedra que simula algo que es imposible. Nosotros, por nuestra parte, participamos en el simulacro actuando como si nos creyéramos toda la inmensa obra de teatro montada. Pero ¿En qué consiste la salvación? Leamos lo que nos dice un sacerdote ortodoxo, martir del régimen soviético, además de científico e ingeniero insigne:

¿En qué consiste la salvación? En entrar como piedra en la torre que se va construyendo, en la unidad real con la Iglesia; esto no sólo se pone de manifiesto en multitud de pasajes particulares de nuestro texto, sino que aparece también como el tema fundamental de todo su contenido. La salvación está en la unidad de substancia con la Iglesia.  Pero la unidad superior, transcendente al mundo, de la creación, unificada por medio de la fuerza de Gracia del Espíritu, es accesible únicamente a quien se ha purificado en la obra ascética y ha conquistado la paz. De este modo viene establecido el carácter ontológico y substancial, el valor objetivo de la humildad, la castidad y la simplicidad como fuerzas supra-físicas y supra-morales, que hacen a toda criatura, en el Espíritu Santo, de la misma substancia de la Iglesia. Estas fuerzas son la revelación del otro mundo en el mundo de aquí, del mundo espiritual en el mundo espacio-temporal superior en el inferior. Ellas son los ángeles guardianes de la creación, que descienden del cielo y ascienden de la creación hasta el cielo, como se mostró al antepasado Jacob. Y, para prolongar la comparación, por esta «escala» hemos de comprender a la Santísima Madre de Dios. (P. Pavel Floresnsky. La Columna y el Fundamento de la Verdad. Carta décima: la Sofía)

¿Unidad sustancial con la Iglesia? Seguramente al hablar de la Iglesia nos quedemos únicamente pensando en su apariencia y en quienes la componemos. Su apariencia no pasa por los mejores momentos de la historia. La Iglesia de hoy en día aparece resquebrajada por innumerables y profundos cismas internos. Está llena de segundos salvadores que reclaman ser la única y exclusiva vos de Dios. Una Iglesia en donde es muy complicado sentirse incluido sin tener que aceptar las "condiciones exclusivas" de cualquiera de los miles de trocitos en que está dividida. Ser un cristiano católico sin más apellidos, es algo impensable y hasta repudiable. Si no eres del Papa X o del fundador Y o del movimiento Z, parece que no eres católico. Una amiga me comentaba, hace unos meses, que es necesario "optar", "tomar partido". Si no lo haces, nadie te aceptará y serás visto como un peligro potencial por todos. Vamos, postmodernidad intravenosa concentrada.

¿Cuál es la sustancia de la Iglesia? El P. Pavel lo deja más que claro en este texto: Unidad trascendente al mundo, unificada por el Espíritu Santo. También nos dice que esta unidad necesita de la negación de sí mismo (ascesis) y de la Paz del Señor. Paz que no es silencio, ni indiferencia, ni ignorancia mutua. Paz que compromiso que trae fuego para quemar el mundo, que no es más que quemar la tramoya del simulacro en que vivimos: “Yo he venido para echar fuego sobre la tierra; y ¡cómo quisiera que ya estuviera encendido!” (Lc 12, 49)

¿Qué nos conduce hacia esta ascesis? Nos dice el P. Paver: “el valor objetivo de la humildad, la castidad y la simplicidad”. Humildad que nos lleva a dar valor a la parte sustancial de la Iglesia como trascendencia y dejar que las estructuras sean lo que realmente son: herramientas humanas carentes de capacidad de salvarnos. Castidad, que conlleva limitarnos a lo que somos y a lo que amamos. Las promiscuidades ecuménicas pueden ser muy bien vistas, pero que no son más que engaños que nos tiende el príncipe del mundo. Simplicidad que a veces confundimos con ignorancia, prefiriendo la comodidad de la segunda al compromiso de la primera. Se es simple cuando somos sustanciales. Cuando dejamos el enjambre de estructuras a un lado y nos dedicamos a amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. A Dios se el adora y ama por medio de la sacralidad y al prójimo, a través de la Caridad. Caridad que es Dios mismo que se manifiesta a través de nosotros.

Humildad, castidad y simplicidad, que tal como dice el P. Pavel, son los ángeles de la Escala de Jacob. Escala que nos lleva al cielo cuando estas estas virtudes nos llenan y nos arrastran al mundo, cuando las echamos de nuestro interior. La salvación esta en la unidad sustancial con la Iglesia. La Iglesia que es Cuerpo de Cristo y manifestación de Dios en el mundo. Ese es el gran reto que tenemos por delante hoy en día: “entrar como piedra en la torre que se va construyendo, en unidad con la Iglesia”. Piedras que son diferentes pero iguales en importancia. Piedras que  están llamadas a colocarse en su lugar dentro del Reino de Dios.

sábado, 30 de enero de 2016

Secreto, sigilo y prudencia.


Ojalá me sea concedido esto, y tú amigo Teófilo, con un continuo ejercicio de la contemplación mística abandona las sensaciones y las potencias intelectivas, todo lo sensible e inteligible y todo lo que es lo que no es, y, en la medida posible, dejando tu entender esfuérzate por subir a unirte con aquel que está más allá de todo ser y conocer. En efecto, si te enajenas puramente de ti mismo y de todas las cosas con enajenación libre y absoluta, habiendo dejado todo y libre de todo serás elevado hasta el rayo supraesencial de las divinas tinieblas.

Pero procura que no escuche estas cosas ningún profano; me refiero a quienes se contentan con los seres y no se imaginan que hay algo superior supraesencialmente a los seres, sino que creen que con su razón natural pueden conocer al que puso «la oscuridad por tienda suya» (Sal 17,12). Y si la iniciación en los misterios divinos les supera a éstos, ¿qué podríamos decir de los que son aún más ignorantes, aquellos que describen a la Causa suprema de todos los seres valiéndose de los seres más bajos que existen, y afirman que Ella no es superior en nada a los impíos y multiformes ídolos que ellos se inventan? (Pseudo Dionisio Areopagita. Teología Mística)

Para el ser humano del siglo XXI es sorprendente la indicación al secreto-sigilo que se incluye en este texto del Pseudo Dionisio Areopagita. Hoy en día, que todo ha sido develado y todo es conocido ¿Qué sentido tiene un secreto ante quienes se acercan a la fe desde la prepotencia o desde la idolatría? Podríamos decir que no tiene sentido como guardar ningún secreto, ya que "... no hay nada oculto que no haya de ser manifiesto, ni secreto que no haya de ser conocido y salga a la luz" (Lc 8, 17). Lo que sí tiene sentido es guardar prudencia tal como indica este consejo evangélico: "No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las huellen con sus patas, y volviéndose os despedacen." (Mt 7, 6). No se trata de ocultar, sino de saber transmitir al nivel que cada persona pueda entender los Misterios que conforman nuestra fe.

Si una persona sólo cree en sus ídolos e ideologías, de nada vale que le hablemos de nuestra fe, porque será imposible comunicar. Nada podrá sacar de ello y siempre puede enfadarse y atacarnos. Tenemos que ser prudentes sin por ello guardar secreto alguno. La evangelización es una llamado, una reclamo, un ofrecimiento para que quienes sufren y desean consuelo, sepan donde pueden ir, pero las "perlas" nunca pueden ser entregadas a quienes husmean y desconfían. Los Misterios que conforman nuestra fe deben esperar a que la persona haya encontrado la confianza en el Señor. Entonces se puede hablar de ellos y mostrar el esplendor que traen consigo. Hoy en día estamos viviendo la triste evidencia de la continua profanación de lo sagrado. Los Misterios se banalizan y se reinventan desde puntos de vista ideológicos. Los Sacramentos se han convertido en un campo de lucha social, mientras que la oración ha desaparecido de la vida cotidiana del cristiano.

Un claro ejemplo de esta lucha la podemos encontrar en el Sínodo de la Familia, donde se han planteado las bases para despojar a los Sacramentos de su sentido y su forma. Se ha puesto en cuestión la validez del Signo Sacramental, dando lugar a que ahora nadie sepa si los Sacramentos recibidos han sido válidos. Hace unos días leía un comentario postmodernos a la exclamación: "Hemos perdido el norte" que me puso los vellos de punta. Decía que: "¿Hemos perdido el norte?, no pasa nada. Así podemos encontrar nuevos caminos". Una gran cantidad de personas que se dicen cristianas y católicas, han perdido el norte y lo peor, están contentos de haberlo hecho. Quiera el Señor que no estrellen sus naves contra las rocas de la costa ni se pierdan para siempre en el mar de lo profano. Quiera el Señor que su temeridad no afecte a la Barca de la Iglesia.

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